Nadie parece temerle al estrecho de Ormuz, todos los que transitan pagan peaje a Iran
El bloqueo marítimo que los Estados Unidos imponen sobre los puertos iraníes constituye una agresión contra Iran y perjudica a China, que compra del 80% del petroleo exportado por Téhéran. Pekín busca un punto de equilibrio, que le garantice el aprovisionamiento energético en tanto segunda potencia mundial, sin entrar en conflicto con Washington.
Con el proyecto de hacerle pagar honorarios de transito a los barcos que pasan por el estrecho
de Ormuz, Iran trastorna el funcionamiento del comercio naval, paradójicamente gracias al
concurso de Estados Unidos, en virtud de las incertidumbres de una tregua de cese el fuego de 2
semanas entre Washington y Téhéran. Según la televisión del Estado iraní, la medida podría
generar 64 miles de millones de dólares anuales por barco, a pagar en criptomonedas. (1)
Desde el 28 de febrero pasado, el estrecho ha estado prácticamente cerrado a la navegación. Del
1 al 21 de marzo, solo pasaron 144 embarcaciones, registradas por «Kpler», la sociedad que
vigila el flujo petrolero. Ello representa una caída del 95% del ritmo normal en el canal. Incluso en
la guerra Iran-Irak (1980-1988), pese a los ataques contra los navíos, el estrecho prosiguió
abierto. Allí están ahora inmovilizados 800 navíos, entre ellos, 47 son grandes petroleros.
Aceptando someterse a la autorización iraní para acostar, los armadores han reconocido, de
facto, la soberanía de Téhéran sobre un espacio que el derecho internacional considera un paso
en transito libre. Este «peaje de Téhéran», reposa sobre 3 innovaciones simultaneas. La primera
es geográfica. Los barcos transitan una ruta aprobada por Iran. Con la autorización de los
Guardianes de la Revolución, los navíos comerciales rodean la Isla de Larak, prácticamente
desierta, cerca de las costas iraníes, un lugar inhóspito declarado abierto a todos.
La segunda innovación es monetaria. La opción no es anodina. Esquiva el sistema financiero
internacional, eludiendo sanciones, «clearings» bancarios y vigilancia de Swift. En una sola
decisión Iran cobra el peaje en criptomonedas, experimentando una arquitectura transaccional
soberana que escapa estructuralmente a los instrumentos de presión occidentales. Sin duda, la
maniobra puede inspirar a otros Estados, invocando la legítima defensa.
La tercera innovación es política. Solo los países aliados de Iran circulan sin trabas particulares:
Rusia, China, India, Irak y Pakistan. Iran trata los pedidos de paso caso por caso, pero ciertos
Estados, como la India, negocian arreglos más amplios. En definitiva Iran selecciona, filtra y
discrimina. Erige una geografía política de acceso marítimo que la historia del derecho al mar
jamas conoció de esta forma.
Sin embargo, el derecho internacional es claro. La Convención de Naciones Unidas sobre el
derecho al mar de 1982, garantiza «el paso en transito por los estrechos internacionales: libertad
de navegación «sin trabas» para todo navío en transito continuo y rápido. Incluso si Iran no ha
ratificado el texto, ese régimen es considerado como un derecho habitual. Un peaje generalizado
constituiría, según los juristas, una violación flagrante.
Evidentemente el derecho frente a la relación de fuerzas, no es suficiente. Pisoteando el derecho
internacional, el presidente norteamericano, Donald Trump, ha hecho inaudible toda lección de
legalidad. Cuando la primera potencia mundial elige discrecionalmente cuales reglas la obligan,
ella se priva -y priva a los aliados- de toda autoridad moral para someter a los otros Estados a
plegarse. Estados Unidos e Iran mantienen conversaciones permanentes sobre Ormuz.
La desintegración del orden marítimo no es obra solamente de Iran. Lleva también la firma de
Washington. Es irónico constatar en los hechos que se observan en Ormuz una validación, punto
por punto, de análisis formulados por numerosos universitarios de Princeton, de Londres, de
Oxford, sin que los autores hayan imaginado hasta el presente que sus demostraciones tomarían
la forma de un peaje en criptomonedas en un estrecho del Golfo.
Los teóricos de la potencia, no se sorprenderán. Desde 1988, la economista política británica
Susan Strange, en «States and Markets»,forjó un concepto llamado a irrigar todo pensamiento
estratégico de los decenios siguientes, el de la «potencia estructural». Ese concepto no ilustra la
capacidad de coerción directamente, pero modela las estructuras financieras, energéticas y
tecnológicas en las cuales todos los actores son obligados a desempeñarse. Con el estrecho de
Ormuz, Iran no gana una batalla naval contra los Estados Unidos. Simplemente cobra un alquiler
respecto a la estructura mundial de los flujos petroleros, pagados por los armadores griegos,
indios y panameños a los Guardianes de la Revolución.
En cuanto a la cuestión del pago en criptomonedas, existe una suerte de cartografía sobre la
manera como los Estados Unidos modificaron su posición central en las redes financieras
mundiales, convirtiéndolas en instrumentos de coerción geopolítica de una gran eficacia. Pero
esta arma tiene un talon de Aquiles, al hacerse inoperante cuando las transacciones abandonan
las redes bajo vigilancia. Exigiendo criptomonedas Iran no se contenta con el pago del peaje,
pues se hace una idea de las dimensiones reales del peaje que dominan los Estados Unidos.
Sobre el acuerdo del miércoles 8 de abril, «apertura totale» para Trump, «derecho de paso
organizado con Oman por Téhéran», ilustran la tesis que la soberanía no es un hecho político,
sino una puesta en escena colectiva, una norma que todos los Estados utilizan y transgreden
según sus intereses del momento. Washington gritó la libertad total. Téhéran reivindicó un
derecho soberano organizado. Cada uno jugó la soberanía vaciándola de la sustancia.
En cuanto a la isla de Larak como punto de control, resulta claro que la competencia para
dominar infraestructuras numéricas (cables submarinos, centrales de datos, estándares
tecnológicos), se asemejan a la lógica de los antiguos imperios: quien tiene el nudo físico de una
red de flujos (petroleo ayer, datos en un futuro) domina la potencia. El hecho que Iran controle el
paso de Ormuz invocando un conflicto armado y la legítima defensa puede inspirar a otros.
China podría aplicar un razonamiento simétrico en el estrecho de Malacca, donde no tiene las
riveras, pero su influencia marítima crece. La Turquía podría alegar los Acuerdos de Montreal para
su proyecto de Kanal Istambul, trazando una via de paso ignorando convenciones existentes. Los
Huthistas y sus herederos podrían reivindicar un derecho de vigilancia pago en Bab Al-Mandab.
Desencadenado el libre paso en transito, resiste mal a la lógica de precedentes acumulados.
El acuerdo del pasado 8 de abri consagra, en un sentido, una práctica inédita: un Estado puede
subordinar el paso de un estrecho internacional a una autorización previa, a un pago, a una
discriminación fundamentada sobre las alegaciones políticas de los Estados concerniros. En
ausencia de una oposición resuelta -jurídica, diplomática, militar- ese precedente puede
solidificarse en norma de hecho.
La libertad de circulación marítima a necesitado siglos para imponerse como principio fundador
del comercio mundial. Ella puede desmoronarse rápidamente. Lo que se juega en estos
momentos en Ormuz, sobrepasa el precio del transito de un petrolero. La cuestión es saber que,
mañana, quien escriba las reglas del mar, y a que tarifa, obligará a los otros a someterse.
Desde Ginebra, Juan Gasparini
Fuentes de referencia; Xavier Carpentier-Tanguy, «Le Monde», Paris, Francia, 12, 13 y 15 de abril
de 2026. Henry Farell y Abraham Newman («El imperio subterráneo. Como han hecho los Estados
Unidos de las redes una arma de guerra») Odile Jacob, 2024. Stephen Krasner en «Sovereignty.
Organized Hypocrisy» (1999). Anu Bradford, «Digital Empires», Oxford University Press, 2023.

