Un año sin el papa Francisco: qué cambió en la Iglesia y qué legado dejó
Llegó como una sorpresa, rechazó el palacio, habló como nadie antes lo había hecho y murió donde eligió vivir: cerca de la gente.
21 abril, 2026
La última imagen del papa Francisco sigue grabada en la memoria. Aquella mañana de Pascua, en la Plaza de San Pedro, Jorge Mario Bergoglio avanzaba despacio en el papamóvil: gesto cansado, voz débil y la misma determinación de siempre por estar entre la gente. Era el 20 de abril de 2025. Murió al día siguiente, a los 88 años, tras sufrir un derrame cerebral. Cerraba así un pontificado de doce años que puso a los márgenes en el centro y que, un año después, sigue siendo objeto de debate, homenaje y reivindicación.
El hombre que nadie esperaba
El 13 de marzo de 2013, cuando el cardenal protodiácono anunció el “Habemus Papam” y salió al balcón un jesuita argentino que se presentó con un simple “Buenas noches”, el mundo tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Su papado no fue simplemente una gestión institucional, sino una revolución de la ternura que cambió paradigmas.
Desde el primer momento, cada gesto fue un mensaje. Rechazó el Palacio Apostólico y eligió vivir en una habitación de hotel. Cambió la limusina por el colectivo. Usó los mismos zapatos negros de toda la vida. Hizo su primera aparición como papa sin la tradicional mozzetta roja ni la estola bordada en oro, y en lugar de una cruz pectoral de oro, llevaba la misma cruz de plata que usaba como obispo en Buenos Aires. En un mundo acostumbrado a la pompa vaticana, esos gestos no pasaron desapercibidos.
Lo que transformó
Francisco priorizó la protección de la “casa común”, alertando sobre el impacto del cambio climático y la urgencia de establecer una economía que no excluya ni mate. Con su encíclica Laudato Si’ colocó a la Iglesia en el centro del debate ambiental global. Con Fiducia Supplicans abrió la puerta -aunque sin cambiar la doctrina- a la bendición de parejas del mismo sexo, generando una de las controversias más grandes de su pontificado.
Impulsó reformas en el manejo de los casos de pedofilia dentro de la Iglesia, creó tribunales específicos y pidió perdón públicamente a las víctimas. Dio mayor protagonismo a las mujeres en órganos de decisión vaticanos, aunque mantuvo cerrada la puerta al sacerdocio femenino. Abrió procesos que su sucesor, León XIV, mantiene activos, aunque con un ritmo distinto: menos gestos inesperados, más construcción a largo plazo.
Argentina lo recuerda hoy
La Iglesia argentina inicia esta semana una secuencia de homenajes que combinará liturgia, memoria pastoral y señales políticas. El acto central será en la Basílica de Luján, con presencia del Gobierno nacional. La segunda estación será en la Basílica de San José de Flores, el templo donde Bergoglio tuvo su llamado vocacional a los 17 años.
El lema que eligió el Episcopado argentino para los homenajes resume lo que millones de fieles sienten: “Francisco: gracias. Y ahora, no nos sueltes la mano”.
Murió donde eligió vivir
Horas después de su fallecimiento, el Vaticano difundió su testamento, donde dejó en claro su deseo de una despedida austera. Pidió ser enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, en lugar de la tradicional cripta de la Basílica de San Pedro, donde descansan la mayoría de los pontífices. Otro gesto de cercanía con el pueblo romano, coherente con toda una vida.
El obispo emérito Oscar Ojea resumió esta semana lo que muchos sienten: “Queremos honrar su persona, el regalo de haberlo tenido como Papa, y al mismo tiempo el contenido de su legado, con un compromiso y una coherencia total con el Evangelio”. Una frase que, en el fondo, es también la mejor definición de lo que fue Francisco: un hombre que predicó con el ejemplo hasta el último día.

