Un estudio sugiere que la curiosidad inicia el proceso de aprendizaje y desarrollo intelectual
Investigadoras del Instituto de Filosofía de la Universidad Australsiguieron durante un año a más de 500 estudiantes universitarios y encontraron evidencia preliminar de que las virtudes intelectualespodrían desarrollarse en una secuencia temporal. La curiosidad aparece como el punto de partida del proceso de aprendizaje, mientras que la atención sostenida desempeña un papel central en el desarrollo posterior de otras capacidades como la apertura mental, la rigurosidad y la autonomía intelectual.

10 de agosto de 2026 – Cuando docentes y universidades buscan formar estudiantes capaces de pensar con rigurosidad, evaluar información de manera crítica y desarrollar ideas propias, surge una pregunta fundamental: ¿por dónde conviene empezar?
Esa fue la pregunta que dio origen a una investigación realizada por las doctoras Claudia Vanney y Belén Mesurado, investigadoras del Instituto de Filosofía de la Universidad Austral y del CONICET, cuyos resultados fueron publicados recientemente en la revista científica International Journal of Applied Positive Psychology.¿
El estudio siguió durante un año a 521 estudiantes universitarios argentinospara analizar cómo evolucionan cinco virtudes intelectuales consideradas fundamentales para el aprendizaje: curiosidad, atención sostenida, apertura mental, rigurosidad y autonomía intelectual.
Aunque la literatura académica suele asumir que estas virtudes están relacionadas entre sí, hasta ahora existía escasa evidencia empírica sobre cómo podrían relacionarse en su desarrollo a lo largo del tiempo. La investigación buscó precisamente explorar si algunas de estas virtudes tienden a aparecer antes que otras, a fin de facilitar su posterior desarrollo.
Los resultados sugieren una posible secuencia temporal. La curiosidad se reveló como una virtud fundacional: los estudiantes que inicialmente mostraron niveles más altos de curiosidad tendieron a desarrollar posteriormente niveles más altos de atención sostenida y de autonomía intelectual. Además, ninguna de las otras virtudes analizadas mostró capacidad para predecir aumentos posteriores de la curiosidad.
La atención sostenida, por su parte, emergió como una virtud central en el proceso. Los análisis mostraron que los estudiantes más atentos tendían a desarrollar posteriormente niveles más altos de rigurosidad, apertura mental y autonomía intelectual.
A partir de estos hallazgos, las investigadoras proponen una hipótesis exploratoria según la cual la curiosidad actuaría como el motor inicial del aprendizaje, mientras que la atención funcionaría como un puenteque facilitaría el desarrollo de otras capacidades intelectuales más complejas.
«Si esta lógica de desarrollo se confirma en futuras investigaciones, podría ayudarnos a pensar de manera diferente sobre cómo diseñamos experiencias educativas orientadas al desarrollo del carácter intelectual», señalan las autoras.
La investigación también aporta evidencia sobre la estabilidad de estas virtudes a lo largo del tiempo. Los estudiantes que se ubicaban relativamente más alto en una determinada virtud tendían a mantener esa posición un año después, lo que refuerza la idea de que las virtudes intelectuales constituyen rasgos relativamente estables del carácter, aunque susceptibles de desarrollo.
Los resultados tienen implicancias para el campo en crecimiento de la educación del carácter en la educación superior. Así, en lugar de intentar promover simultáneamente el desarrollo de todas las virtudes intelectuales, el estudio abre la posibilidad de que algunas de ellas desempeñen un papel especialmente relevante en las primeras etapas del aprendizaje.
En un contexto en el que el acceso a la información es cada vez más inmediato gracias a las tecnologías digitales y a la inteligencia artificial, comprender cómo se desarrollan capacidades como la curiosidad, la atención y la autonomía intelectual cobra una relevancia creciente en la formación de personas para que sean capaces de aprender, reflexionar y pensar por sí mismas.
El estudio cobra particular relevancia en un momento en el que el acceso a la información es cada vez más inmediato gracias a las tecnologías digitales y a la inteligencia artificial. Si las máquinas pueden producir respuestas con creciente eficacia, la pregunta que queda abierta (y que atraviesa buena parte de la agenda de investigación de las autoras del artículo) es qué hace que una persona piense bien, y no solo rápido. Comprender cómo se desarrollan capacidades como la curiosidad, la atención sostenida y la autonomía intelectual resulta clave para formar personas capaces de aprender, evaluar críticamente la información y pensar por sí mismas, en un escenario en el que delegar el pensamiento en un sistema externo resulta cada vez más sencillo.

