SALUD

Claves para entender el duelo: por qué no tiene etapas fijas, no termina en un año y cada persona lo vive de manera diferente

La OMS sostiene que perder a un ser querido es uno de los estresores más severos. Si bien hay quienes atraviesan negación, ira, negociación, depresión y aceptación, especialistas explican a Infobae que el proceso no es lineal y cuándo conviene buscar apoyo profesional

PorValeria Chavez

Mano de una persona vestida de negro que sostiene una rosa blanca hacia abajo en un parque con un banco y una fuente al fondo.El duelo no tiene una duración universal y el primer año no define cuándo debería terminar el dolor.

27 Sep, 2026

Las fórmulas que presentan al duelo como una sucesión de cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— y que le asignan un año de duración no reflejan la experiencia de todas las personas. El proceso de adaptación tras la muerte de un ser querido no es lineal ni tiene una fecha de vencimiento.

Especialistas consultadas coincidieron en señalar que la historia personal, la calidad del vínculo, las circunstancias de la muerte y las redes de apoyo inciden en cómo se vive una pérdida. También advirtieron que el dolor puede persistir sin impedir una vida plena y que pedir acompañamiento profesional no supone estar “haciendo mal” el duelo.

Las cinco etapas del duelo no son una hoja de ruta obligatoria

Mujer sentada en el suelo junto a un sofá oscuro con la mano apoyada en la frente mientras sostiene un oso de peluche.Las cinco etapas del duelo no constituyen un recorrido obligatorio ni lineal tras la muerte de un ser querido.

El modelo de las cinco etapas fue elaborado por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross para describir las reacciones ante la propia enfermedad y la proximidad de la muerte. Con el tiempo, se extendió como una explicación del duelo por la muerte de otra persona, aunque no establece un itinerario obligatorio.

“Las llamadas ‘cinco etapas del duelo’ no constituyen un recorrido obligatorio ni universal”, comenzó a explicar la licenciada en Psicología y jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, Fernanda Giralt Font (MN 20.025). La profesional remarcó que el problema aparece cuando esa noción se vuelve prescriptiva y quien atraviesa una pérdida siente que “no lo está haciendo bien” si no reconoce cada instancia o si las emociones aparecen en otro orden.

La licenciada en Psicología de la Unidad de Cuidados Integrales del Hospital Universitario Austral Lorena Etcheverry (MN 37.063/MP 25.304) coincidió en que hoy se conoce que el proceso no responde a etapas fijas. “Estas etapas no se suceden de manera lineal o en ese orden, sino que pueden aparecer en distintos momentos”, afirmó. En lugar de pensar en fases cerradas, propuso observar el proceso de adaptación psicológica que exige una pérdida: asumir la muerte, expresar las emociones y reconstruir aspectos de la vida cotidiana.

Iris Rubaja es terapeuta y guía en procesos de reconstrucción, según se presenta en su cuenta de Instagram @soymujerarcoiris. Y consultada al respecto por Infobae, lo resumió desde su experiencia: “No podemos reducir un proceso tan amplio y tan humano a cinco etapas”. Y agregó: “En mi caso, el duelo fue un viaje inmenso, con muchísimos momentos y estados diferentes: no lineales, desprolijos, a mi manera y a mi tiempo”.

Tristeza, ansiedad, enojo, culpa, alivio y momentos de calma pueden alternarse o coexistir. Para Giralt Font, esas oscilaciones no indican desorganización, sino que forman parte del intento de integrar una realidad que desborda.

El primer año puede ser difícil, pero no marca cuándo debería terminar el dolor

Un joven se sienta encorvado en un banco de madera en un parque otoñal. Tiene la cabeza entre las manos, rodeado de hojas caídas y árboles sin follaje.El DSM-5-TR define el duelo prolongado por su impacto clínico en la vida cotidiana y no por el solo paso de 12 meses.

Las primeras fiestas, cumpleaños y aniversarios sin la persona fallecida suelen volver más movilizante el primer año. Sin embargo, ese período no funciona como una medida para determinar cuándo alguien debería sentirse mejor.

“No existe una duración universal, y establecer plazos rígidos puede ser más dañino que útil”, sostuvo Giralt Font. Según explicó, resulta más relevante evaluar si, aun con dolor, la persona puede reorganizar gradualmente su vida o si el sufrimiento se mantiene congelado e impide sus actividades básicas.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, en su versión DSM-5-TR de 2022, contempla el trastorno de duelo prolongado cuando, después de 12 meses en adultos, persiste una angustia clínicamente relevante que afecta el funcionamiento cotidiano y excede lo esperable en el contexto cultural, social o religioso. Ese criterio no implica que, cumplido un año, el dolor se vuelva patológico.

“El dolor cambia de forma y de intensidad. Y nosotros también. No volvemos a ser los mismos”, expresó Rubaja. “Aprendemos a vivir con lo que pasó, a integrar la ausencia y a permitir que, de a poco, la vida vuelva a tener sabor”.

Para Etcheverry, la evolución debe leerse en función de la situación de cada persona, sus recursos para rearmarse, sus vínculos y el carácter esperado o imprevisto de la muerte. “No todas las personas parten del mismo lugar en el momento de la pérdida”, señaló.

La intensidad del duelo depende más del vínculo que del parentesco

Una mujer abraza a un hombre y sostiene unos zapatos de bebé de tela blanca frente a una cuna de madera y estantes con juguetes.La intensidad del duelo se relaciona más con el lugar que la persona ocupaba en la vida afectiva que con el parentesco formal.

La muerte de un padre, una pareja o un hijo involucra pérdidas de distinto tipo, aunque comparar el dolor puede ocultar la singularidad de cada historia. “El dolor no tiene medida. Cada pérdida es única porque cada vínculo fue único”, planteó Rubaja.

La muerte de un padre puede modificar la historia familiar y poner en primer plano la pérdida de una figura de referencia. La de una pareja suele afectar las rutinas, el proyecto compartido, la economía doméstica y la identidad construida de a dos. En el caso de un hijo, la pérdida puede alterar expectativas sobre el futuro y activar sentimientos de culpa o fracaso parental.

Giralt Font indicó que el parentesco importa, pero no alcanza para explicar la experiencia individual. “Son fundamentalmente nuestros pensamientos sobre el rol que esa persona cumplía en nuestra vida los que moldean cómo procesamos su ausencia”, afirmó.

Etcheverry señaló que el lugar que una persona tenía puede pesar más que su vínculo formal. “Uno no tendría que atarse tanto al rol, sino a qué lugar ocupa en la vida de esa persona, cuán estrecho sea el vínculo, cuánta dependencia emocional hay”, explicó.

Enojo, culpa y alivio pueden convivir con el amor

Un hombre apoyado en su mano junto a una taza de café mira por la ventana de una cafetería hacia una calle lluviosa.El enojo, la culpa y el alivio pueden aparecer en el duelo sin excluir el amor por la persona fallecida.

La irritabilidad, el enojo con quien murió y el alivio después de una enfermedad extensa suelen generar culpa porque chocan con la expectativa cultural de que el duelo debe estar compuesto solo por tristeza. Las tres entrevistadas consideraron esperables esas respuestas.

“El alivio no celebra la muerte del ser querido, sino la finalización del dolor del enfermo y del agotamiento extremo del cuidador”, explicó Giralt Font. Para la psicóloga, el trabajo terapéutico requiere distinguir emoción, pensamiento y conducta: sentir alivio no equivale a haber deseado la muerte, del mismo modo que sentir enojo no significa haber dejado de amar.

Rubaja relató: “Yo sentí alivio cuando mi marido falleció. Lo vi sufrir tanto que me dio paz saber que ya no sufría. Ese alivio no era por mí, era por él”. La terapeuta afirmó que cambiar la palabra culpa por responsabilidad le permitió reconocer “con cuánto amor y cuánta disponibilidad” lo acompañó durante su enfermedad y su vida.

Etcheverry vinculó el enojo con las ideas de injusticia ante una muerte inesperada, un accidente o una situación que se percibe como evitable. En consulta, dijo, se validan esas emociones y se trabaja sobre los pensamientos que las disparan, como la creencia de haber sido abandonado por quien murió.

Una larga enfermedad anticipa la ausencia, pero no evita el duelo

Manos de un visitante sujetando la mano de un paciente en una cama de hospital con suero y brazalete.Una enfermedad larga puede generar duelo anticipatorio y otras pérdidas, pero no evita el impacto de la muerte.

Durante una enfermedad progresiva pueden perderse autonomía, roles, conversaciones, actividades y hábitos compartidos. Aunque en el lenguaje cotidiano se habla de “microduelos”, Giralt Font prefiere los términos duelo anticipatorio o pérdidas relacionadas con la enfermedad.

Esas transformaciones pueden facilitar despedidas, conversaciones pendientes y una adaptación progresiva a cambios inevitables. Pero no suprimen el impacto de la muerte. “Nada nos prepara del todo para la muerte”, afirmó Rubaja. “Aunque la imaginemos o sepamos que puede suceder, vivirla nos enfrenta a una nueva realidad”.

Etcheverry señaló que esas pérdidas preparatorias no constituyen el duelo por la muerte en sí, sino procesos de adaptación durante la enfermedad. “El duelo llega cuando la persona murió”, precisó.

El duelo también se expresa en el cuerpo: qué síntomas revelan que es necesaria ayuda profesional

Un hombre de mediana edad yace despierto en la cama bajo sábanas grises. Un reloj digital en la mesita de noche muestra las 3:47 AM. Ambiente oscuro de dormitorio.El duelo también puede expresarse con insomnio, cambios en el apetito, agotamiento y otros síntomas que requieren ayuda profesional si afectan la vida diaria.

Las alteraciones del sueño, los cambios en el apetito, el cansancio, las dificultades de concentración, la tensión muscular, los dolores de cabeza y los malestares gastrointestinales pueden aparecer durante el duelo. Giralt Font explicó que el dolor emocional tiene una manifestación neurobiológica y puede afectar los sistemas inmunológico, hormonal y cardiovascular.

La intensidad, la persistencia y el impacto sobre la vida diaria son los elementos que requieren atención. Entre las señales de alarma mencionó el insomnio resistente o el exceso de sueño, cambios drásticos de peso, palpitaciones u opresión en el pecho, sensación de ahogo y agotamiento que impide el autocuidado.

Etcheverry recomendó no atribuir automáticamente cualquier síntoma al duelo. “Siempre que hubiera síntomas físicos nuevos, hay que hacer una consulta”, sostuvo, para descartar otras causas médicas.

“Y tampoco hace falta llegar a un límite para buscar acompañamiento -sumó Rubaja-. Dejarse sostener también es parte del proceso. Contar con una compañía amorosa, paciente y honesta: alguien que pueda estar sin apurarnos, sin querer sacarnos rápidamente del dolor y sin decirnos cómo deberíamos sentirnos”.

Cuándo pedir ayuda profesional sin esperar a tocar fondo

Dos personas sentadas frente a frente mientras una sostiene con ambas manos la mano de la otra.La experiencia del duelo depende de la historia personal, la calidad del vínculo, las circunstancias de la muerte y las redes de apoyo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera la pérdida de un ser querido como uno de los estresores psicosociales más graves. Esa definición no implica que todas las personas en duelo necesiten terapia, pero sí refuerza la importancia de reconocer cuándo el dolor excede los recursos disponibles y requiere acompañamiento profesional.

En esos casos, la consulta psicológica puede ser útil antes de que el sufrimiento se vuelva incapacitante. Giralt Font sugirió pedir ayuda si el dolor se intensifica con los meses; si se vuelve imposible retomar trabajo, higiene, alimentación, vínculos o actividades; o si aparecen consumo problemático de sustancias, autorreproches persistentes, desesperanza o pensamientos de no querer vivir.

“Pedir ayuda no significa que uno sea débil o que esté haciendo mal el duelo”, afirmó. Rubaja coincidió: “No creo que haya que esperar a una señal de alarma. Buscar acompañamiento puede ser una decisión consciente a nuestro favor y también a favor de nuestro entorno”.

Ante pensamientos de muerte, autolesión o deseos de reunirse con quien falleció, corresponde recurrir de inmediato a servicios de emergencia o dispositivos de atención en crisis.

La meta no es superar la pérdida, sino integrarla a una vida que continúa

Una mujer de cabello rizado sentada en un banco de madera tiene una mariposa monarca sobre su mano abierta en un parque.Elaborar una pérdida no implica olvidar a quien murió, sino recuperar gradualmente la posibilidad de vincularse, proyectar y encontrar bienestar en una realidad transformada.

Para las especialistas, “superar” puede resultar una palabra imprecisa si se entiende como olvidar o dejar de sentir. “La pérdida no se supera; se integra en la historia de vida”, dijo Giralt Font. La adaptación implica que el recuerdo pueda convivir con el trabajo, los vínculos, el disfrute y nuevos proyectos.

Rubaja lo expresó de este modo: “No se trata de olvidar, de soltar ni de dejar atrás, sino de aprender a vivir de otra manera con esa ausencia”. Etcheverry agregó que el recuerdo y la tristeza pueden reaparecer, pero “después la vida sigue funcionando”.

Una elaboración adaptativa permite recordar a quien murió desde el afecto y su legado, sin que la ausencia ocupe todo el espacio de la vida cotidiana.