OPINIÓN

Ormuz redefine el mapa energético global y abre un nuevo escenario para la Argentina

La escalada en el Estrecho de Ormuz dejó de ser un episodio puntual para convertirse en un factor de disrupción estructural del sistema energético global. Carlos Mendizábal, profesor del Instituto de Energía de la Universidad Austral, analiza cómo el impacto ya se extiende desde el petróleo y el gas hasta los combustibles y fertilizantes, presionando precios, cadenas productivas y alimentos, y qué implica este nuevo escenario para la Argentina: más resiliente por Vaca Muerta, pero aún expuesta a la volatilidad internacional y ante una oportunidad estratégica que exige reglas claras y visión de largo plazo.

14 de abril de 2026 –  El mercado petrolero, de GNL y de fertilizantes -que durante años operó con relativa previsibilidad- atraviesa un proceso de redefinición sin claridad sobre su futuro equilibrio. A diferencia de crisis anteriores, hoy aparecen limitaciones estructurales que hacen más incierto el escenario. En este contexto, comienza también a perfilarse una oportunidad para la Argentina como proveedor confiable de energía y recursos estratégicos.

El siguiente análisis fue elaborado por Carlos R. Mendizábal, profesor del Instituto de Energía de la Universidad Austral, y se comparte como insumo para la elaboración de notas y coberturas periodísticas.


Del shock de flujos al shock estructural

El cierre parcial o la interrupción del tránsito por Ormuz implicó la caída abrupta de uno de los principales corredores energéticos del mundo. Por allí circulaba cerca del 20% del petróleo global, una porción importante del GNL, del LPG, combustibles líquidos y de insumos clave para la producción de fertilizantes que utiliza el mundo. También hubo destrucción de infraestructura crítica, ataques a instalaciones y cierre de decenas de pozos en producción.

La consecuencia inmediata fue un shock de flujos. Pero lo relevante es que ese shock rápidamente evolucionó hacia algo más severo: un shock de oferta. La imposibilidad de evacuar producción derivó en cierres de campos, pérdidas de producción y tensiones en toda la cadena. Cuando el problema deja de ser logístico y pasa a ser productivo, la recuperación ya no es inmediata y depende de factores técnicos, financieros y geopolíticos. Esto introduce una inercia en la crisis que puede extender sus efectos mucho más allá del conflicto puntual.

Un eslabón débil: los productos refinados

La caída en la actividad de refinerías en Medio Oriente, sumada a restricciones en otras regiones, generó tensiones inéditas en combustibles como diésel, jet fuel y naftas. Europa aparece como uno de los grandes afectados, tras haber incrementado su dependencia del Medio Oriente luego de la disrupción del suministro ruso. Asia, por su parte, enfrenta escasez de crudo adecuado para sus refinerías y menor disponibilidad de productos terminados.

Países como Australia, Italia o Vietnam aparecen entre los más afectados en el corto plazo, aunque aún no está completamente dimensionado el efecto en otras economías. Lo que sí resulta evidente es que el sistema de refinación global tiene menos flexibilidad que en crisis anteriores, lo que amplifica los efectos sobre precios y disponibilidad.

Fertilizantes: un efecto menos visible pero también crítico

El Medio Oriente es un proveedor clave de gas natural, insumo central para la producción de fertilizantes nitrogenados. La disrupción en gas y derivados impacta directamente en la producción global, elevando costos agrícolas y presionando los precios de alimentos.

Este efecto, aunque menos visible en el corto plazo que el de los combustibles, puede resultar más persistente y profundo. A medida que los mayores costos de insumos se trasladan al sector agropecuario, o escasean los fertilizantes se generan presiones sobre la producción, la rentabilidad y, finalmente, sobre los precios y la cantidad de los alimentos a nivel global.

Un mercado con menos flexibilidad

Los mecanismos tradicionales para absorber shocks (reservas estratégicas, stocks intermedios, fuentes alternativas de energía) muestran limitaciones. La capacidad ociosa disponible está concentrada en la misma región afectada, las reservas fuera de estas áreas resultan insuficiente frente a disrupciones prolongadas y las opciones disponibles para morigerar los impactos implican mayores costos y tiempos.

El resultado es un mercado más volátil, con menor capacidad de respuesta y, en términos simples, con la “sábana corta”. Cada solución parcial genera nuevas tensiones en otra parte del sistema.

La dimensión financiera

Los mecanismos de cobertura han sufrido pérdidas significativas por la volatilidad extrema. Esto impacta en decisiones de inversión, planificación industrial y costos finales.

En el precio del petróleo, como en cualquier otro commodity, los instrumentos financieros tienen una enorme participación. Aquel que vendió un futuro de petróleo para abril a 60 USD/bbl sufrió pérdidas multimillonarias, mientras que quien estaba en la posición contraria obtuvo ganancias equivalentes. Esta dinámica amplifica los movimientos del mercado y dificulta la formación de precios de referencia confiables.