Inflación crónica: la herida más profunda en el corazón de Javier Milei
Ni el superávit fiscal ni las cinco «anclas» desplegadas por el Gobierno lograron que el índice de precios del Indec comience con 0, tal como había prometido el Presidente para agosto
18 Oct, 2026
El programa económico diseñado por Javier Milei, Luis Caputo y Federico Sturzenegger ha generado en estos últimos meses una serie de resultados que, combinados, son difíciles de encontrar en otras experiencias internacionales. Su simple enumeración refleja la magnitud del desafío que el Gobierno tiene por delante y explica las arduas polémicas que rodean a la gestión libertaria:
-Por un lado, la inflación es la segunda más alta del continente. Treinta y cuatro meses después de la asunción presidencial, contra todos los pronósticos oficiales, el último mes los precios aumentaron un 1,9 por ciento. El número se elevaría por encima del dos por ciento si el Gobierno hubiera permitido al Indec medir con la canasta que corresponde.
-En los nueve meses acumulados de 2026 la inflación fue un poco más alta que en el mismo período del 2025. O sea que luego del abrupto descenso de 2024, sólo en el mejor de los casos se puede decir que está estancada.
-La inflación mayorista, que según el Presidente “corre” a un velocidad del 20 por ciento anual, en septiembre fue del 3,2 por ciento, y en los últimos ocho meses superó el 22 por ciento.
– La mayoría de los economistas pronostica que la situación podrá ser definida como una recesión técnica –dos trimestres seguidos de caída de la actividad– cuando se conozcan los datos de septiembre. Esta semana el boletín de la fundación FIEL, la más tradicional del liberalismo, difundió que este año el crecimiento apenas superará el uno por ciento y el próximo llegará al 2 en el mejor de los casos, si no hay ninguna complicación climática, o financiera.
-Los observadores más variados han recortado dramáticamente sus cálculos del crecimiento del PBI. Eso incluye no solo a FIEL sino a los consultores que aportan sus datos al Banco Central pero también a organizaciones amigas de los libertarios como el Fondo Monetario, el JP Morgan o el Banco Mundial.
Javier Milei y Luis Caputo
-Esa situación se agrava mucho si solo se observa el comportamiento de los sectores de la economía –industria, construcción, comercio—que generan más del ochenta por ciento del empleo en la Argentina.
-En el último año, la pobreza ha crecido a un ritmo vertiginoso. Los pobres eran un 26,8 por ciento de la población en el tercer trimestre del 2025 y son 33,7 en el segundo semestre de este año. Esos siete puntos equivalen a 3 millones de nuevos pobres en 9 meses, un equivalente a diez mil más por día.
-La confianza del mundo financiero en el país es muy baja en comparación con toda la región, lo que se manifiesta en el riesgo país, que es muy alto y ha sido el único de la región que trepó fuerte en los últimos cuatro meses. Pero además la inversión productiva total y la extranjera directa –otros indicadores de confianza– están en el piso de la serie de los últimos 25 años.
-El poder adquisitivo de los salarios en blanco –los únicos que se pueden registrar objetivamente– ha caído desde el 2015, pero a mucha mayor velocidad desde la asunción de Milei. El desempleo ha crecido desde noviembre del 2023, pese a que esas cifras son moderadas por un crecimiento inédito de la informalidad. Cada mes se pierden, en promedio, 10 mil puestos de trabajo formales.
La gestión de Milei ha atravesado distintos momentos desde la asunción en diciembre de 2023. Si la película terminara acá, es evidente que se apoya en un gran logro: el descenso de la inflación desde los niveles recibidos hasta los actuales. Además, fue acompañada por un aumento récord de las exportaciones, que parece alejarla de una crisis como la que afectó a Mauricio Macri en 2018 o a Alberto Fernandez en 2023. Pero, en los últimos tiempos, estos elementos conviven con datos cada vez más contundente sobre el empeoramiento de casi todos los indicadores.
De todos estos datos, el más doloroso para la autopercepción de Javier Milei es el de inflación, porque se suponía, o eso decía al menos él, que sobre ese tema sabía de verdad. Los pronósticos fallidos del Presidente lo han dejado muy expuesto en este sentido. Por ejemplo, el Presupuesto firmado por él pronosticaba un 10 por ciento de inflación. Superará el triple de eso. No se trata de un error menor o marginal. ¿Qué diría un profesor ante un alumno que pronostica 10 por ciento de inflación para un país que luego tiene más de 30? ¿Qué actitud tomaría una empresa ante un consultor que le sugirió que planificara en base a ese dato tan erróneo?
Al mismo tiempo, fue el Presidente quien pronosticó varias veces, con absoluta seguridad, que la inflación arrancaría con cero en agosto pasado. Como se sabe, no fue así. Milei pronosticaba también que luego de un ajuste como el que hizo, la inflación tardaría en desaparecer entre 18 y 24 meses. Tampoco ocurrió. Luego, el Presidente se apoyaba en un (1) paper de un estudiante de Córdoba que extendía el plazo a 30 meses. Falló también en eso. El Presupuesto actual pronostica para el año que viene un 20 por ciento, el doble de lo que el Presupuesto del año pasado para este. O sea que cuatro años después del mayor ajuste de la historia, en el mejor de los casos, la inflación será apenas más tenue.

Este recorrido es un desafío intelectual tremendo para el Presidente porque desmiente su convicción más profunda según la cual “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Si la inflación resiste, tres años después del ajuste más grande de la historia humana, eso parece querer decir que la inflación es “en parte” o “a veces” un fenómeno monetario, pero no “siempre y en todo lugar”. En otras palabras, que un país no puede convivir con un desorden fiscal grave, como sucedía en 2023, pero que la corrección de ese problema no es suficiente para resolver los problemas de fondo y puede crear otros tanto o más dolorosos si se la administra con torpeza o brutalidad.
Para tratar de sostener su piedra basal, Milei apeló a un nuevo argumento: la caída de la demanda monetaria. Básicamente, con eso quiere decir que la desinflación se frenó porque algún hecho externo provocó el rechazo a la moneda oficial. En este caso, sostiene Milei, el kirchnerismo generó pánico al intentar “siete golpes de Estado”. Esos golpes de Estado no existieron, lo que de por sí debilita el planteo. Pero aún si hubieran existido, no necesariamente eso habría tenido un efecto inflacionario. Hay países que atravesaron crisis políticas de verdad, y eso no se reflejó en la inflación: ni con el derrocamiento de Evo Morales en Bolivia, ni con la caída de múltiples presidentes en Perú, ni con el triunfo de líderes de izquierda en Chile, Colombia o Brasil, subió la inflación. Si sube aquí ante desafíos más leves, debe haber otros factores.
La inflación del último año de Milei es peor, por ejemplo, que la del último año de Cristina Kirchner, cuando la persistencia de la inflación crónica generó un consenso de que el plan económico debía ser modificado y el gobierno reemplazado por otro. En aquel entonces, el kirchnerismo había intervenido el Indec, por lo cual los números oficiales eran inverosímiles. Entonces, todos los meses, los líderes de la oposición informaban cuál era el promedio del cálculo de las consultoras. En 2015 ese promedio fue del 25 por ciento, o algunos puntos menos si se calculaba en base a la medición de las provincias que no gobernaba el kirchnerismo. ¡Diez puntos menos que la inflación actual! Mientras tanto, los datos de actividad, empleo, salarios, eran envidiables comparados con los actuales. En el día a día, la inflación era la misma pero la gente vivía mejor.
El problema extra es que aún esta inflación, resistente y alta, sería más alta si no estuviera contenida por una serie de anclas: el ancla monetaria, el ancla cambiaria, el ancla de la inversión pública, el ancla salarial y, como lo cuentan la mayoría de los industriales, el ancla del contrabando masivo. Toda esa batería destinada a conseguir el “cero coma”, genera una serie de enormes perjuicios en la vida de las familias, en la actividad económica del país y en la confianza externa. Y encima no lo consigue.
El problema extra es que aún esta inflación, resistente y alta, sería más alta si no estuviera contenida por una serie de anclas: el ancla monetaria, el ancla cambiaria, el ancla de la inversión pública, el ancla salarial y, como lo cuentan la mayoría de los industriales, el ancla del contrabando masivo. Toda esa batería destinada a conseguir el “cero coma”, genera una serie de enormes perjuicios en la vida de las familias, en la actividad económica del país y en la confianza externa. Y encima no lo consigue.
Una infografía presenta la variación del índice de precios al consumidor mensual en quince países de América Latina correspondiente a septiembre de 2026.
Mientras todo esto sucede, el presidente Milei y sus ministros realizan un esfuerzo gigantesco para demostrar una y otra vez que las cosas no son como lo sugieren los números objetivos. El mismo día en que el Indec reflejó que la inflación había vuelto a subir, el Presidente difundió en las redes sociales imágenes de sí mismo domando a una cucaracha, que simbolizaba a la inflación “kuka”. El ministro de Economía celebró que en los últimos siete años nunca la inflación había sido tan baja en un mes de septiembre, como si ese dato fuera en algún sentido relevante.
En esa línea, se inscribe la obsesión presidencial por difundir la cola de la entrada a los teatros con obras populares, mientras omite las repetidas colas de miles de jóvenes presentando curriculums en lugares donde se ofrecen unos pocos puestos de trabajo. El jueves, durante un acto en Estados Unidos, Milei explicó que el riesgo país “está bajando”. Pero en los últimos tres meses subió de 400 puntos a 650. Y además subía en el momento exacto en el que describía el movimiento contrario.
Ese recurso –la discusión de los datos—es lo que le queda al Presidente, que ya ha tomado la decisión de no modificar el programa económico al menos hasta las elecciones. Tal vez sea razonable, porque cualquier modificación tendría costos y podría complicarle más las cosas de aquí a las elecciones. En ese contexto, la discusión retórica sobre lo que pasa, y la comparación con gestiones anteriores serán las armas del Gobierno en la campaña. Es peligroso: en la última encuesta de Atlas Intel, crease o no, el 45, 8 considera que este Gobierno fue peor que el de Alberto Fernández. Milei ha remontado cuestas más empinadas. Pero igual esta no parece sencilla.
Ante este panorama, un sector muy influyente de la dirigencia argentina –políticos, empresarios, economistas, banqueros, periodistas— le reclama paciencia a la sociedad. Ese grupo de personas ha estado muy convencido de que las reformas de Javier Milei marcarían el comienzo de una etapa de crecimiento y bonanza para el país, que solo se trataría de atravesar un breve período de sufrimiento para que después la inflación se desplome y la economía rebote. Una y otra vez, aparecen declaraciones según las cuales el método Milei sería el que utilizaron todos los países que se desarrollaron en el mundo. Y que solo queda esperar los frutos.
Esas afirmaciones son muy controvertidas y difícilmente resistan un análisis técnico. Pero se ha dicho demasiadas veces durante demasiado tiempo que un ajuste fiscal resolvería todos los problemas del país. Entonces, es difícil que ese sector de la dirigencia admita que su mirada debe ser más compleja y sofisticada.
En el medio, hay algunas leyes de la economía que resisten a las miradas más ideologizadas que reinan en estos tiempos.
Por ejemplo: nadie invierte en una economía que se achica.
Es una obviedad, parece una herejía dadas las verdades extrañas que se instalaron en los últimos años, y que ahora empiezan a crujir.


