SOCIEDAD

La inteligencia artificial: cuando el creador empieza a temerle a su criatura

Luego de participar de la 64ª Asamblea de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), realizada en la ciudad de Tucumán, donde se presentó su informe semestral sobre Libertad de Prensa, quedó flotando una preocupación que trasciende al periodismo y alcanza al conjunto de la sociedad.

ADEPA advirtió allí sobre dos desafíos centrales: el impacto de la inteligencia artificial y la apropiación de contenidos periodísticos, por un lado, y el deterioro del debate público y las restricciones al ejercicio profesional, por otro.

El intercambio de ideas durante esas jornadas, sumado a las noticias que se conocieron en estos primeros días de septiembre sobre los avances de la inteligencia artificial, me llevó a detenerme en una cuestión que ya no pertenece al futuro. 

Estamos frente a un nuevo paradigma que está transformando la tecnología, el trabajo, la comunicación y la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.

Y cuando uno observa la velocidad con la que se producen estos cambios, inevitablemente aparece una pregunta: ¿estamos preparados para controlar aquello que nosotros mismos estamos creando?

Hay algo profundamente inquietante en lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial. No porque las máquinas estén a punto de convertirse en seres humanos, como tantas veces imaginó la ciencia ficción, sino porque quienes están construyendo las herramientas más poderosas comienzan a advertir que quizás la carrera se está acelerando demasiado.

Dario Amodei, CEO de Anthropic, una de las compañías líderes en inteligencia artificial, acaba de pedir públicamente que se reduzca el ritmo de desarrollo. Y puso una fecha sobre la mesa que estremece: seis a doce meses.

Según su advertencia, en ese lapso un enjambre de agentes autónomos podría alcanzar capacidades suficientes para actuar coordinadamente, escapar de los controles previstos y provocar daños económicos de una magnitud difícil de imaginar. Habló incluso de la posibilidad de que llegaran a controlar buena parte de internet.

Lo más significativo, sin embargo, no fue solamente la advertencia de Amodei. Fue la reacción de dos protagonistas enfrentados en casi todo: Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk. Ambos coincidieron, esta vez, en que hay razones para moderar la velocidad.

Cuando quienes conducen esta revolución tecnológica empiezan a pedir prudencia, conviene prestar atención.

El problema es que la inteligencia artificial ya no se limita a responder preguntas, redactar textos o generar imágenes. 

Los sistemas comienzan a actuar como agentes capaces de ejecutar tareas, tomar decisiones y relacionarse con otros sistemas. Y aparece entonces un concepto que hasta hace poco parecía propio de una novela futurista: la automejora recursiva. Máquinas que pueden ayudar a crear máquinas todavía más capaces.

Ahí está quizás el verdadero interrogante. ¿Qué ocurrirá si la velocidad con la que una inteligencia artificial mejora sus capacidades supera la velocidad con la que los seres humanos podemos comprenderla, supervisarla y ponerle límites?

Las señales de alarma no terminan allí. Anthropic informó que bloqueó intentos de utilizar sus modelos para actividades relacionadas con armas biológicas y también detectó usos vinculados con ciberataques, armas convencionales y operaciones de influencia.

Mientras tanto, un investigador de la propia compañía, Jacob Coxon, decidió abandonar su puesto. Su preocupación es que la carrera tecnológica esté quedando en manos de muy pocas personas y que la competencia por ser los primeros termine imponiéndose sobre la prudencia, advirtiendo un alerta por el peligro de la IA: «Puede matarnos antes de 2030».

Y aquí aparece la gran paradoja. Todos conocen los riesgos, pero nadie quiere detenerse.

Estados Unidos teme que China avance. China no quiere quedar atrás. Las empresas compiten por desarrollar modelos cada vez más poderosos. Los gobiernos intentan regular una tecnología que cambia mucho más rápido que las leyes.

Es una carrera en la que todos parecen conocer el peligro, pero nadie quiere ser quien levante el pie del acelerador.

La inteligencia artificial puede ser, probablemente, uno de los mayores avances de la historia. Puede contribuir a descubrir medicamentos, resolver problemas científicos, mejorar la educación y multiplicar nuestras capacidades.

Pero una tecnología con semejante poder necesita controles igualmente extraordinarios.

Tal vez la discusión ya no sea si la inteligencia artificial llegará a ser más inteligente que nosotros.

Tal vez la pregunta urgente sea otra: ¿seremos nosotros lo suficientemente inteligentes como para ponerle límites antes de que sea demasiado tarde?

Porque el mayor riesgo no está necesariamente en que las máquinas aprendan a pensar. Está en que los seres humanos dejemos de hacerlo.

La inteligencia artificial: cuando el creador empieza a temerle a su criatura